De los 110 minutos de duración de la legendaria
película Gilda, apenas 10 minutos suma la aparición en escena de un personaje
secundario crucial, llamado simpáticamente Tío Pío. Es el filósofo de los
lavabos.
El tránsito de tanto personaje sofisticado
por el casino clandestino de Buenos Aires es digno de su estudio y observación.
Nadie se fija en su prosaica dedicación a recoger colillas del suelo, mantener
la limpieza de los lavabos, cepillar la caspa de la chaqueta de los caballeros,
etc. Cataloga a unos y otros, hace conjeturas, ensaya máximas y reflexiones,
saca conclusiones, vaticina desenlaces.
A Johnny Farrell, que ha prosperado hasta
convertirse en director del casino y en hombre de confianza del dueño, Ballin
Mundson, califica cínica e invariablemente de “paleto”. A Gilda, esposa de
Ballin Mundson desde el mismo día en que este la conoció, pues así opera un
millonario: lo que quiere, lo compra, la llama “la guapísima”, y entiende que
al ser norteamericana, joven y bella, como Johnny Farrell, el entretenimiento estará
servido. Además: “En los lavabos se oyen toda clase de chismes.”
A Gilda le cae inmediatamente simpático nada
más acercársele y comentarle: “Entre tanta gente se siente uno solo”. Y diagnosticarle:
“Usted fuma mucho. Y fumar lo provoca la frustración y esta la origina la
soledad.” Ella dice que van a ser buenos amigos, y en efecto, lo serán, al
convertirse en discreto compañero y afectuoso testigo de los avatares amorosos
en que se verá metida. Tío Pío es el único que la acompaña cuando canta a la
guitarra Put The Blame on Mame. Ella espera a que Johnny Farrell aparezca para
devolver la “ropa sucia” a su dueño, Ballin Mundson.
Cuando Tío Pío calza los zapatos a Johnny Farrell,
le comenta: “Este es un punto de vista muy revelador. Es el punto de vista del
gusano. El más certero.” Sin duda interpreta bien sus sentimientos respecto a
Gilda, removiéndolos, lo cual a él molesta y encrespa, pues pretende ajustarse
a su cometido de director del casino y a tratarla a ella como la esposa del
dueño. Es un privilegiado testigo de esta procelosa relación amor-odio. En la
fiesta de disfraces, la fiesta organizada por la “guapísima”, le pica con la
oferta de dos posibilidades para él: Una cabeza de toro o una de payaso, a
incorporar al disfraz que ya de por sí detenta, debajo del cual habita el
“paleto”.
El casino es cerrado por la policía, incapaz
de destapar el monopolio en la venta de tungsteno para el que sirve de
tapadera. Tío Pío ofrece una copita de ambrosía a Gilda, digna de una diosa.
Ella comenta: “Qué solitario está todo”. “Las cosas malas siempre acaban en
soledad”- comenta él. “Sí; ya lo sé; pero reserve sus filosofías para otro momento”
–le corta Gilda. Aparece entonces Johnny Farrell para pedirle perdón y acompañarle
en su marcha a América.
La reconciliación de los amantes parece que
puede verse abortada al irrumpir “resucitado” Ballin Mundson, decidido a
matarlos, que había simulado su propia muerte para protegerse de la policía. Tío
Pío, el filósofo de los lavabos, deja entonces de tener un papel periférico y teorizador
y lo mata aprovechando que ha descuidado su característico bastón con la
cuchilla automática oculta. Es la culminación de su trascendencia en esta
historia, a pesar de su discreto papel.
No es un narrador u observador omnisciente,
como tampoco lo es, aunque lo pretenda, la voz en off de Johnny Farrell, que es
quien inicia la historia y quien la comenta en los momentos de esplendor o en los
más desgarradores. Es un punto de vista que camina tangencialmente a la
historia y que al espectador sirve de apoyo para relativizar la tensión de los
sucesos. Es el periscopio que vislumbra la infelicidad de quienes asoman por el
casino deseosos de encontrar en el dinero la solución en sus vidas. El que se
ha acomodado a la sencillez de su existencia, y la ha convertido en una fórmula
para interpretar el sinsentido de la de los demás, y acaso, en una discreta y
crucial catapulta que intervendrá en el momento más necesario en que sus amigos
corran peligro.
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